22.10.05

La espalda de sol

[Máxima se despierta y reacciona] Mi sol chiquito. Venga a la espalda de la mamá. [Un movimiento preciso]. El Huguito duerme, beso, mi Huguito, a ver los ojos con sueñito, ese pelo. Un saltito, y abajo. ¡Ya está! Agárrese de la mamá. Corra con saltito, que hace frío. Muy bien. El Huguito se ríe y corre a saltitos. Hay un camión... [Máxima sabe que es joven y se pone seria para saludar al camionero]. Camisaki. ¿Va a Oruro? Lleva patatas, está bien. ¿Tendra lugar? Una guagua chiquita. Y sí, otrita más chiquita, pero viene en el aguayo, no ocupa lugar. Iraqañayari... Rebajame pues, tengo sólo treinta. Gracias. [Sube al niño en la caja y luego ella, primorosamente. Estira el largo de las gruesas polleras sobre la carga de patatas, pone la guagüita en el regazo, envuelta. Acomoda su sombrero, que se ha ladeado demasiado]. Camisaki. [Todos le contestan quedamente y a coro]: Waliki. [Comienza a aparecer el sol y el camión arranca].

Los gringos

[Pablo no puede dejar de hablar] Lo que te digo, la gente puede dividirse en clases. Ya sé que no suena bien, pero yo le digo a mi hermano que la cuestión es se hace con esa información, ¿no? Por ejemplo, los gringos. Al principio me molestaba la palabrita, pero uno se acostumbra: una cholita te dice: “Gringo, ¡comprame esta pulserita!”, y después ya no te importa que te digan gringo. Por lo menos aquí en el tren, hay gringos “de acá”, o sea nosotros, y “los de afuera”, los yanquis y los europeos. A nosotros no nos miran mucho, porque somos bastante parecidos. Aquí en el vagón viene justo un amigo mío que se enganchó como guía de un canadiense que apenas habla español. El gringo es bastante típico. A la primera de cambio ya vas a ver cómo se pone un gorro de lana de los que venden en la calle Sagárnaga, de esos que hacen para que compren los gringos, y se ríe fuerte. Ay el asiento. Los hacen a la medida de los bolivianos, y eso debería estar bien, ¿no?, pero ya me gustaría que los hicieran de talle más universal... Sí, en este vagón casi todos los gringos que venimos somos mochileros. He visto también unas señoras que es evidente que van a comprar ropa, para revender en sus pueblos. Obviamente también están los de aquí, pero yo, la verdad, no los entiendo mucho. ¿Has visto esa cholita que se bajó del tren corriendo con los dos hijos? ¿Qué va a hacer fuera del tren, si es de noche?

7.10.05

Noche fría en el tren

Noche fría en el tren por el Altiplano boliviano. El ambiente está impregnado de tortas refritas, gente, acullicos de coca, tabaco y polvillo. Arrebujados en frazadas, la gente duerme al fin, o lo intenta. Golpazo en seco. Ruidos... Y el tren se queda quieto. Gritos de todos los que se despiertan de repente, que a su vez despiertan a los otros. Los que estaban con insomnio han escuchado algo, no saben qué. Sigue el silencio, cortado ahora por el viento, lleno de rumores en el oscuro vagón. Nadie sabe qué pasa, y todos conjeturan. Parece que estamos todos bien aquí dentro. “¡Sht!”: “[No entiendo] el tren... [No entiendo] ¡La vía! ¡La vía! [Especie de lloriqueo de mujer del Altiplano, que sigue un rato, acompañando un foco de luz que parece que se desliza junto a los raíles]. Alguien dice: “Parece que alguien se ha tirado a la vía”.

Si quieres te contaré una historia

Un caluroso verano fui de mochilera a La Paz, Bolivia. En esa oportunidad tuve mucha suerte, e hice el trayecto más largo en tren. Pero tuvimos un sabotaje y nos descarrilaron... Unas horas inolvidables en pleno Altiplano.

Puedo esconderme y darle voz a algunos de los muchos que estábamos. Si todo va bien, reconstruiremos una historia. Yo te presento algunos personajes. Hay otros, y se pueden inventar más. Si te apetece, elige un personaje, lo dejas como está o lo cambias, me avisas, y yo escribiré. También puedes inventarte una parte de la historia. Yo ya sé cómo termina... la de verdad, que por supuesto no terminó ahí. Pero ahora estamos haciendo ficción.

Máxima. Una cholita. 22 años.
Pablo. Un mochilero de Rosario (Argentina). 19 años.
Jack. Un gringo canadiense. 32 años.
El Primo. Un chiquillo del pueblo. 8 años.
El escuadrón. Cinco señores del Altiplano que trabajan en los Ferrocarriles (déjamelos a mí). Entre 18 y 35 años.

Y te escribí un pedacito de muestra... Ahí va.