27.1.07

Un burro de barro, justo hoy


En Bolivia conocí, hace años, muchos burros de verdad: rebuznando al amanecer al ir al trabajo, detrás del macizo y exagerado volumen de las cholitas; comiendo a mediodía, como toda gente decente; en medio de la maleza o de las flores haciendo distintas tareas. Pude ver también un bebé de burro con su piel brillante y suavísima, durante una escalada.
Esos burros con largo flequillo de La Paz no se me fueron de la memoria, y cuando necesité hacerlos presentes otra vez me animé a usar el barro para modelar.
La pobreza del material es adecuada; casi todos los burros que conocí estaban, de hecho, un poco cubiertos de barro después de haber trabajado unas horas. Sin auras románticas, los burros tienen esa misteriosa fuerza y delicadeza de las cosas vivas hechas con la tierra misma. ¡Si lo pienso, me da pena que mi barro no rebuzne!
Modelo sólo de vez en cuando, en algún mínimo y muy improvisado taller: una piedra de río, o como esta vez, una silla al sol. Siempre rompo o regalo las cosas que hago. A este chiquilín que ves en la mano le hice una foto para recordar el día de hoy.

21.1.07

Areguá porâ


Ayer fui a Areguá, un pueblito colonial cerca de Asunción. Las casas son todas bastante parecidas: con techo de varias capas (tejas, adobe, caña tacuara, tirantes de madera), suelos de ladrillo grande, amplias galerías que proyectan sombras hacia dentro, columnas de las que penden hamacas paraguayas.
No encuentro una palabra en español -que tal vez sí exista en guaraní, o quizás no, por exactamente el mismo motivo- capaz de expresar al mismo tiempo que algo es muy, muy grande y la sorpresa de que se trata justamente de una cosa conocida, para decirte el tamaño que tienen las hojas y las frondas de las plantas y los arboles. (Yo conozco bien la vegetación de un clima subtropical, pero no conocía el trópico). No tuve mas remedio que pedir a un señor que por favor me dejara cortar unas hojas de su higuera; sin una prueba visible cualquier cuento sobre estas enormidades sería increíble.
Y compré lo que llevaré a casa como recuerdo. A menos de un dolar consegué una chachî [se dice "shashí"]: sé por experiencia que les van bien los helechos silvestres, aunque aqué las usan para cultivar orquídeas. Es un trozo de tronco ahuecado de madera de cocotero (por eso en español chachî se traduce como "maceta de coco"): pura fibra vegetal que se impregna del agua que riegas y ventila todo el tiempo las raíces.