29.5.07

Milagros

I. Totalmente inerme, hice que Lucas se me adelantara con paso lento. Esos ojitos, tan asustados como los míos, se escondían apuntando hacia abajo. (Milagros lee los corazones; pero me parece que no se da cuenta aún que tiene ese don). Cuando Lucas quedó justo delante, las dos tomamos valor y nos miramos. El títere cerró la boca y se dejó acariciar el rojo pelo por la mano de la niña, envuelta en una caperucita de tela marrón, sin dedos. Le hizo una reverencia y procedió a comer la mano sin más trámite, como hace con todos los chicos; Milagros se rió, dejando ver su traqueotomía. Y el rostro y otras partes chamuscadas. Dejé a Lucas hacer mientras me volvía el alma al cuerpo, lentamente. Milagros se dejó comer la mano con gesto de satisfacción; ahora le tocaba a ella jugar. (...) Regresé después del cuentacuentos, y esta vez la señora que cuida el niño de la cama de al lado me dijo que Milagros se había dormido, de tan cansada.

II. Qué alegría al verla de nuevo: ¡Hola, Milagros! Sin temor, sin trámites. (...) Le pedí que se sentara a mi lado en la función, y vino, muy animada. Se rió mucho con los cuentos e hizo el títere de pato con su mano sin forma. Me di cuenta que, enfrente, los alumnos que habían ido a observar la función estaban haciendo como magia para mirarla sin miedo y sin asombro. Pero sospecho que Lucas fue quien más disfrutó: durante días no paró de decirme que por favor, por favor, fuéramos de nuevo a que Milagros nos mirara un ratito.

27.5.07

Bendas (I)

Ahora tengo que salir picando: quedé con Euge y Cande en ir a la Balcarce a pasear. Pero intentaré contarte mañana en qué consisten las bendas que organiza mi sobrino Nacho.

(¡En realidad me parece que debería grabar una narración de esto para que entiendas! A veces los escritos son fuentes de malos entendidos. Confío que lo verás).

8.5.07

El charme no se compra

Tuve alumuerzo de trabajo con los voluntarios del Hospital de Niños. Mi invitación decía claramente "a la canasta", de modo que preparé para mí tres trozos de pan con queso, y una manzana (que al fin, por pudor, no saqué). A pleno sol, nos instalamos en una mesa del campus. Juntamos algunas monedas y compramos una bebida grande. Puse mi discreta provisión y lo mismo hicieron dos o tres. El resto, con inequívoco gesto, dijo que ya había comido, y comenzamos a hablar de todo, de los títeres, de las clases, del sol.
Lucas me dijo después que trató de ponerse una sonrisa a la altura de las circunstancias pero le costó mucho. Yo me puse también confidente con él: tuve envidia, yo también quisiera esa elegancia para los días de fiesta. Claro, tengo que aprender.