19.1.14

El hombre sabio

Conocí al fin un hombre sabio*. Un hombre joven, que organizó una fiesta de tango en la legendaria casa de su familia en Tafí del Valle, dominando el paisaje. De todo como en botica: con autenticidad en la sonrisa del huésped: prosapia de la tucumanidad más auténtica, recibiendo a mochileros y tangueros varios**. Cada cual en su casa y Dios en la de todos: no. Todos con C.  A. Sin más condición que cierta autenticidad, y, quizás con ello, cierta elegante comprensión hacia unos y otros. No vi cosa igual en todas mis largas vidas. Sopa y fideos como expresión de una generosidad difícil de igualar: ver para creer. Hay cosas que no se improvisan. Al hombre no lo abandonó su sonrisa en todo el tiempo, en los dos días seguidos, sin descanso, que duró la fiesta***.

  

* Y el hombre, sin querer, confesó: "El tango te salva". De qué te habrá salvado a vos.

** Supongo que en este momento es la comidilla de las sras. de rubia cabellera y anteojos oscuros que ahora mismo puedo ver, desde este observatorio de café, compartiendo chimentos frescos y poniendo los puntos sobre las íes.

*** Yo abandoné la fiesta en las horas más profundas de la noche, sin embargo, y me fui a dormir (en carpa, todo hay que decirlo) como la persona mayor que soy.

13.1.14

Utopía

La utopía quizás sigue funcionando entre nosotros como uno de los males necesarios y busca periódicamente levantarse, en su aparente ingenuidad, contra el sentimiento de fracaso y el cinismo. Y se aparece rampante como una de las facetas de las fiestas.
Las fiestas, esa "celebración no cotidiana de la cotidiana celebración de la vida" en las antiguas palabras de Pieper según las recuerdo. Es casi lugar común: si no se celebra la vida, no se celebra (y quizás se padece) la fiesta.
Mientras tanto, la utopía parece funcionar casi en automático, como por necesidad fisiológica. Con la cuenta cultural del tiempo, se hace cíclica, como las estaciones y los años, en el calendario de las fiestas. Como oportunidades para ser quien no se es, como se quisiera ser siempre, eternizando alguna forma de felicidad o haciendo actos simbólicos profundamente necesarios. Intersticios voluntarios en el correr del tiempo. Así, además de la necesidad personal, las culturas y las sociedades se encargan de inventar ocasiones para la fiesta. Challando o con besos en el muérdago, cerveza irlandesa o fuegos de artificio, quemando recuerdos, dando regalos. Que los comerciantes se aprovechen o haya interpretaciones à la lettre, demasiado ingenuas para bien o para mal, es otra historia. Pero no me parece culpable ni culposo vivirlas, todas las fiestas que se pueda, con intensidad. Eso incluye tal vez empatizar con las fiestas de los demás y convertirlas, en lo que cabe, en propio y personal motivo de reconocimiento y gozo, con doblete por compartir el reconocimiento y el gozo. Se las podría ver, sencillamente, como algo humano, natural y cultural a la vez.
Supongo que cada cual vive la fiesta como es. Los niños, como niños; las madres, como madres; los gritones, como gritones; los golosos, como golosos; los resentidos, como resentidos; los ilusos, como ilusos; y así, siendo tal vez varias cosas al mismo tiempo. Pero es bonito que la fiesta y su liberación del ensueño utópico, al mismo tiempo, pueda crear cierta condición necesaria para el cambio. Si se está dispuesto a cambiar, claro.

7.1.14