25.9.05

7.9.05

¿Miedo a la hoja en blanco?

Hace como mil años, en el colegio, tuve clases de francés. Aún tengo recuerdos de esas clases: los peinados y las pulseras de la profesora, la pronunciación de palabras sueltas que me parecían especialmente bonitas y casi inaccesibles (por ejemplo, “avenue des Champs Elysées”), canciones románticas de los ‘70 para aprender la concordancia de los verbos, el ambientillo particular que resultaba de imaginar las calles de Paris, otras ideas peregrinas. En fin. Cosas que pueden recuperarse del arcón de la memoria. Me encuentro ahora en la tesitura de escribir, frente al ordenador, y viene una palabra de aquellas épocas. Trac. Quizás me viene a la cabeza en francés porque normalmente trato de evitar decir palabras malsonantes en español. Le trac es algo así como el estado de ánimo que sobreviene ante la inminencia de algo dificultoso. Concretamente, la expresión completa que recuerdo, que me parece que pertenece al argot, es “le trac au bac”, es decir el pavor ante la inminencia del examen de baccalauréat, de bachillerato, que puede paralizar, incluso si has estudiado mucho y tendrás éxito. Es como una paradoja: mientras quieres realizar algo, y te sabes de alguna forma capaz, lo temes... Es lo que me pasa ahora. Quiero escribir, necesito escribir, me gustaría tanto saber escribir, poder expresarme, y temo que no pueda hacerlo.

Conozco una persona que a veces, al tener que escribir, debe hacer cosas previamente, como ejercicio preparatorio. Ella dice que “ablanda la mano”. Entonces escribe lentamente números de teléfono durante un rato, y después, tranquila, comienza a volcar las ideas, que ya tenía pensadas, por escrito. Conozco otra persona que me ha animado muchas veces y de distintas maneras, a escribir, como una forma de ponerme a pensar. Y de cuidar de mí misma, relación que no termino de comprender. Se lo agradezco. Si me planteara esto de la escritura por mí misma, la primera dificultad probablemente sería: ¿escribir, es decir, pensar, sobre qué? Y, ante todo, ¿para qué?

Me parece que de alguna forma esto de escribir es, al menos para mí, en primera instancia, una necesidad tal como lo es caminar. He oído infinidad de veces que caminar es un buen ejercicio, una forma de hacer deporte. Aunque estoy cambiando de opinión, o mejor dicho, matizándola, después de una reciente experiencia en esto de las caminatas, más bien me parece que para esta suscriptora caminar no es un deporte o una forma per se de despejarse, sino llanamente un medio de transporte. Caminar debe tener una finalidad: es, para mí, ir hacia algún lugar; una acción propiamente transitiva, perdonen los lingüistas. Claro que el objetivo, en alguna circunstancia particular, puede estar velado y ser justamente jugar a perderse en las callejuelas para ver escaparates al azar, descubrir la belleza de lo nuevo, simple y cotidiano...

Normalmente no me va mal con la escritura en español, si estoy en tema, o si tengo elementos para razonar y dar rienda suelta a la mano. Me han dicho que las manos no piensan, pero tengo serias dudas sobre eso, o más bien sobre la particular relación que podrían guardar la motricidad fina y la sutileza de los pensamientos. Y a veces, al escribir, es verdad que encuentro cosas que no sabía que estaban por ahí rondando, o encuentro que voy y vengo por los mismos temas, y en consecuencia cuáles son “mis” cuestiones... ¡Inexplorado está el mundo! Las bibliotecas de las facultades de psicología, y supongo que también las de filosofía, están llenas de libros sobre la relación entre el lenguaje y el pensamiento. Esquivaré el iceberg, y sigamos.

Como es obvio, escribir lleva tiempo, y una parte (¿o todo?) de ese tiempo es pensar. No necesariamente “razonar”, en el sentido que le daban a esta palabra mis profesores de lógica, sino dejar que la mente y el corazón se explayen y se expliquen. ¡Pero no siempre hay tiempo para esto! Como no siempre hay tiempo para otras cosas. Es obvio que no se puede vivir sin pensar. Pero hay que elegir. En realidad prefiero, y he elegido, vivir ante todo, y que la escritura en todo caso forme parte de la vida que he elegido. Por eso, suelo escribir sólo por encargo, directo o indirecto. Porque forma parte del trabajo. O porque me lo han pedido, o porque siento la necesidad de expresarle algo a alguien, generalmente bajo la forma de una respuesta. O para plantear (o plantearme) un dilema que no he logrado descifrar; poner las cosas por escrito suele aclarar los términos de los problemas, y es lugar común que un problema bien planteado ya esta medio resuelto. Y me pasa que escribo siempre para alguien. En realidad ahí está el objetivo, en definitiva. Incluso cuando escribo como el pájaro que se pone a volar, por necesidad, como otros salen a dar vueltas a la manzana o silban mirando por la ventana, aunque borre o rompa luego todo lo escrito, en realidad siempre escribo a una segunda persona. Y al ponerme frente a una blanca hoja a veces, no siempre, aparece, casi sin querer, un petit oiseau inconnu.... Pero para qué enrollar al vecino sin necesidad, ser importuna. A fin de cuentas, siempre y ahora tal vez más, time is money. (¿El inglés es el mejor idioma para expresar lo concreto del espíritu de estos tiempos que corren?). No es azaroso que escriba esta serie de disparates en el último día del verano.

Mi trac quizás no sea miedo a la hoja en blanco, sino perplejidad frente a vacíos de título, de tema de conversación, de interlocutor, de tiempo. Quizás pueda resolverse planteando bien el problema y buscando, como lo hace mi amiga, la técnica apropiada...