15.4.06

Concluye la vasija derecha

Ahora bien, he ido regando las flores del camino los días de este tiempo. El agua del río se mezclaba con las lágrimas de la noche. Las flores que han crecido alegraron a mi dueño: porque no eran flores silvestres sino que las sembró el aguatero y las regué yo, acompasadamente, por las rendijas de mi debilidad, al ritmo del caminar del aguatero. Claro que lo que yo veía era mi menguado rendimiento como vasija de agua todo este tiempo. Y mis roturas, al lado de la tersa plenitud de mi compañera de viaje, esbelta y segura. Yo no sabía nada de esas flores, y por eso me sentía culpable e inútil por ser como soy, una vasija cada vez más rota. Cómo me conocía y cómo se valió de mí el discreto aguatero. Qué alegría. Qué alegría que también la sal de las lágrimas haya servido a mi dueño.