16.12.05

Los frutos

Los frutos no se hicieron esperar. Llegaron a su tiempo. Ya estaban listos desde que las semillas de su especie aparecieron al milenario sol. En realidad precedían al sol. Estaban hechos de sol y de agua fresca. Eran una de las infinitas quintaesencias de la tierra y del calor de la mano del jardinero. Llevaban trazas de instrumentos. También reunían la fragancia del aire de todas las primaveras y de todos los demás árboles del jardín. Sabían la música de las palabras y las variadas canciones del jardinero. Conocían las estaciones, porque los frutos eran frutos del tiempo. Pero sobre todo estaban hechos de la esencia de la vida. Por eso siempre estuvieron vivos: habían sido luz, agua, semilla, brote, hoja, raíz, tronco, flor. Sólo aparecieron una mañana, sin decir nada. Y cuando el jardinero los vio, se alegró su corazón, como todas las mañanas.

(Para Mamá, la de las manos mágicas)

23.11.05

Ritos

Inti se asoma sobre las altas cumbres y comienza sus ritos matutinos. Ha hecho huir a la noche y va vistiéndose de luz mientras avanza, insolente: guarda en su vasto pecho el secreto del fuego inextinguible, que todo lo penetra. Las pieles, la tierra, el cielo, vivientes y no vivientes, se tornasolan y quedan atrapados bajo su poder implacable. Sonríe. Comienzan en el duro suelo los ritos del verano.

22.10.05

La espalda de sol

[Máxima se despierta y reacciona] Mi sol chiquito. Venga a la espalda de la mamá. [Un movimiento preciso]. El Huguito duerme, beso, mi Huguito, a ver los ojos con sueñito, ese pelo. Un saltito, y abajo. ¡Ya está! Agárrese de la mamá. Corra con saltito, que hace frío. Muy bien. El Huguito se ríe y corre a saltitos. Hay un camión... [Máxima sabe que es joven y se pone seria para saludar al camionero]. Camisaki. ¿Va a Oruro? Lleva patatas, está bien. ¿Tendra lugar? Una guagua chiquita. Y sí, otrita más chiquita, pero viene en el aguayo, no ocupa lugar. Iraqañayari... Rebajame pues, tengo sólo treinta. Gracias. [Sube al niño en la caja y luego ella, primorosamente. Estira el largo de las gruesas polleras sobre la carga de patatas, pone la guagüita en el regazo, envuelta. Acomoda su sombrero, que se ha ladeado demasiado]. Camisaki. [Todos le contestan quedamente y a coro]: Waliki. [Comienza a aparecer el sol y el camión arranca].

Los gringos

[Pablo no puede dejar de hablar] Lo que te digo, la gente puede dividirse en clases. Ya sé que no suena bien, pero yo le digo a mi hermano que la cuestión es se hace con esa información, ¿no? Por ejemplo, los gringos. Al principio me molestaba la palabrita, pero uno se acostumbra: una cholita te dice: “Gringo, ¡comprame esta pulserita!”, y después ya no te importa que te digan gringo. Por lo menos aquí en el tren, hay gringos “de acá”, o sea nosotros, y “los de afuera”, los yanquis y los europeos. A nosotros no nos miran mucho, porque somos bastante parecidos. Aquí en el vagón viene justo un amigo mío que se enganchó como guía de un canadiense que apenas habla español. El gringo es bastante típico. A la primera de cambio ya vas a ver cómo se pone un gorro de lana de los que venden en la calle Sagárnaga, de esos que hacen para que compren los gringos, y se ríe fuerte. Ay el asiento. Los hacen a la medida de los bolivianos, y eso debería estar bien, ¿no?, pero ya me gustaría que los hicieran de talle más universal... Sí, en este vagón casi todos los gringos que venimos somos mochileros. He visto también unas señoras que es evidente que van a comprar ropa, para revender en sus pueblos. Obviamente también están los de aquí, pero yo, la verdad, no los entiendo mucho. ¿Has visto esa cholita que se bajó del tren corriendo con los dos hijos? ¿Qué va a hacer fuera del tren, si es de noche?

7.10.05

Noche fría en el tren

Noche fría en el tren por el Altiplano boliviano. El ambiente está impregnado de tortas refritas, gente, acullicos de coca, tabaco y polvillo. Arrebujados en frazadas, la gente duerme al fin, o lo intenta. Golpazo en seco. Ruidos... Y el tren se queda quieto. Gritos de todos los que se despiertan de repente, que a su vez despiertan a los otros. Los que estaban con insomnio han escuchado algo, no saben qué. Sigue el silencio, cortado ahora por el viento, lleno de rumores en el oscuro vagón. Nadie sabe qué pasa, y todos conjeturan. Parece que estamos todos bien aquí dentro. “¡Sht!”: “[No entiendo] el tren... [No entiendo] ¡La vía! ¡La vía! [Especie de lloriqueo de mujer del Altiplano, que sigue un rato, acompañando un foco de luz que parece que se desliza junto a los raíles]. Alguien dice: “Parece que alguien se ha tirado a la vía”.

Si quieres te contaré una historia

Un caluroso verano fui de mochilera a La Paz, Bolivia. En esa oportunidad tuve mucha suerte, e hice el trayecto más largo en tren. Pero tuvimos un sabotaje y nos descarrilaron... Unas horas inolvidables en pleno Altiplano.

Puedo esconderme y darle voz a algunos de los muchos que estábamos. Si todo va bien, reconstruiremos una historia. Yo te presento algunos personajes. Hay otros, y se pueden inventar más. Si te apetece, elige un personaje, lo dejas como está o lo cambias, me avisas, y yo escribiré. También puedes inventarte una parte de la historia. Yo ya sé cómo termina... la de verdad, que por supuesto no terminó ahí. Pero ahora estamos haciendo ficción.

Máxima. Una cholita. 22 años.
Pablo. Un mochilero de Rosario (Argentina). 19 años.
Jack. Un gringo canadiense. 32 años.
El Primo. Un chiquillo del pueblo. 8 años.
El escuadrón. Cinco señores del Altiplano que trabajan en los Ferrocarriles (déjamelos a mí). Entre 18 y 35 años.

Y te escribí un pedacito de muestra... Ahí va.

25.9.05

7.9.05

¿Miedo a la hoja en blanco?

Hace como mil años, en el colegio, tuve clases de francés. Aún tengo recuerdos de esas clases: los peinados y las pulseras de la profesora, la pronunciación de palabras sueltas que me parecían especialmente bonitas y casi inaccesibles (por ejemplo, “avenue des Champs Elysées”), canciones románticas de los ‘70 para aprender la concordancia de los verbos, el ambientillo particular que resultaba de imaginar las calles de Paris, otras ideas peregrinas. En fin. Cosas que pueden recuperarse del arcón de la memoria. Me encuentro ahora en la tesitura de escribir, frente al ordenador, y viene una palabra de aquellas épocas. Trac. Quizás me viene a la cabeza en francés porque normalmente trato de evitar decir palabras malsonantes en español. Le trac es algo así como el estado de ánimo que sobreviene ante la inminencia de algo dificultoso. Concretamente, la expresión completa que recuerdo, que me parece que pertenece al argot, es “le trac au bac”, es decir el pavor ante la inminencia del examen de baccalauréat, de bachillerato, que puede paralizar, incluso si has estudiado mucho y tendrás éxito. Es como una paradoja: mientras quieres realizar algo, y te sabes de alguna forma capaz, lo temes... Es lo que me pasa ahora. Quiero escribir, necesito escribir, me gustaría tanto saber escribir, poder expresarme, y temo que no pueda hacerlo.

Conozco una persona que a veces, al tener que escribir, debe hacer cosas previamente, como ejercicio preparatorio. Ella dice que “ablanda la mano”. Entonces escribe lentamente números de teléfono durante un rato, y después, tranquila, comienza a volcar las ideas, que ya tenía pensadas, por escrito. Conozco otra persona que me ha animado muchas veces y de distintas maneras, a escribir, como una forma de ponerme a pensar. Y de cuidar de mí misma, relación que no termino de comprender. Se lo agradezco. Si me planteara esto de la escritura por mí misma, la primera dificultad probablemente sería: ¿escribir, es decir, pensar, sobre qué? Y, ante todo, ¿para qué?

Me parece que de alguna forma esto de escribir es, al menos para mí, en primera instancia, una necesidad tal como lo es caminar. He oído infinidad de veces que caminar es un buen ejercicio, una forma de hacer deporte. Aunque estoy cambiando de opinión, o mejor dicho, matizándola, después de una reciente experiencia en esto de las caminatas, más bien me parece que para esta suscriptora caminar no es un deporte o una forma per se de despejarse, sino llanamente un medio de transporte. Caminar debe tener una finalidad: es, para mí, ir hacia algún lugar; una acción propiamente transitiva, perdonen los lingüistas. Claro que el objetivo, en alguna circunstancia particular, puede estar velado y ser justamente jugar a perderse en las callejuelas para ver escaparates al azar, descubrir la belleza de lo nuevo, simple y cotidiano...

Normalmente no me va mal con la escritura en español, si estoy en tema, o si tengo elementos para razonar y dar rienda suelta a la mano. Me han dicho que las manos no piensan, pero tengo serias dudas sobre eso, o más bien sobre la particular relación que podrían guardar la motricidad fina y la sutileza de los pensamientos. Y a veces, al escribir, es verdad que encuentro cosas que no sabía que estaban por ahí rondando, o encuentro que voy y vengo por los mismos temas, y en consecuencia cuáles son “mis” cuestiones... ¡Inexplorado está el mundo! Las bibliotecas de las facultades de psicología, y supongo que también las de filosofía, están llenas de libros sobre la relación entre el lenguaje y el pensamiento. Esquivaré el iceberg, y sigamos.

Como es obvio, escribir lleva tiempo, y una parte (¿o todo?) de ese tiempo es pensar. No necesariamente “razonar”, en el sentido que le daban a esta palabra mis profesores de lógica, sino dejar que la mente y el corazón se explayen y se expliquen. ¡Pero no siempre hay tiempo para esto! Como no siempre hay tiempo para otras cosas. Es obvio que no se puede vivir sin pensar. Pero hay que elegir. En realidad prefiero, y he elegido, vivir ante todo, y que la escritura en todo caso forme parte de la vida que he elegido. Por eso, suelo escribir sólo por encargo, directo o indirecto. Porque forma parte del trabajo. O porque me lo han pedido, o porque siento la necesidad de expresarle algo a alguien, generalmente bajo la forma de una respuesta. O para plantear (o plantearme) un dilema que no he logrado descifrar; poner las cosas por escrito suele aclarar los términos de los problemas, y es lugar común que un problema bien planteado ya esta medio resuelto. Y me pasa que escribo siempre para alguien. En realidad ahí está el objetivo, en definitiva. Incluso cuando escribo como el pájaro que se pone a volar, por necesidad, como otros salen a dar vueltas a la manzana o silban mirando por la ventana, aunque borre o rompa luego todo lo escrito, en realidad siempre escribo a una segunda persona. Y al ponerme frente a una blanca hoja a veces, no siempre, aparece, casi sin querer, un petit oiseau inconnu.... Pero para qué enrollar al vecino sin necesidad, ser importuna. A fin de cuentas, siempre y ahora tal vez más, time is money. (¿El inglés es el mejor idioma para expresar lo concreto del espíritu de estos tiempos que corren?). No es azaroso que escriba esta serie de disparates en el último día del verano.

Mi trac quizás no sea miedo a la hoja en blanco, sino perplejidad frente a vacíos de título, de tema de conversación, de interlocutor, de tiempo. Quizás pueda resolverse planteando bien el problema y buscando, como lo hace mi amiga, la técnica apropiada...