26.12.06

Ultima función 2006

Claudia, después de que le diera la calificación de su examen de Psicología del Desarrollo, me abordó: "Profesora, ¿se acuerda que algunos voluntarios queríamos ir al Hospital por Navidad?". Lo prometido es deuda, pensé; y fuimos.

El Hospital estaba con muchos niños internados. Hicimos el aviso de la función del cuentacuentos pasando por las salas ya con los títeres: ¡y apareció Jorge, que ya nos conocía! Corrió torpemente y abrazó con fuerza a Lucas (yo ya estoy acostumbrada a estos abrazos que algunos pequeñitos dan al muñeco). Jorge tiene nueve años, casi no habla y tiene alguna forma de retraso mental.

El comedor, que habíamos venido ocupando las veces anteriores, está a punto de ser convertido en habitación múltiple. Instalamos entonces nuestro invisible teatrillo en medio de las camas de un pabellón grande: sillas para la platea sacadas de aquí y de allí, y un banco amplio delante para los titiriteros como escenario. Una niña con cáncer, tímida pero sonriendo, me cuidó el títere durante los preparativos.

Al son de la flauta llegó el público. Santi, de tres años, entró diciendo en alta voz: "¡Aquí vengo yo!", seguido por su madre que llevaba el mástil de la sonda. Más chicos y más padres, y, detrás, Jorge.

Todas las funciones del cuentacuentos resultan distintas. En ésta el cuento más movido fue el de Pedro y el Lobo. Santi interrumpió sin cesar hasta que lo animamos a sentarse a mi lado. Jorge no quiso ser menos y se puso al otro costado. Lucas, el títere pelirrojo, iba contando el cuento cada vez a más altura para esquivar los besos de Jorge, que como no podía alcanzar al muñeco me abrazaba a mí de a ratos. Pero debía bajar de vez en cuando de sus alturas para contentar a Santi, que no dejaba de pedir: "Que me diga algo a mí...". Entraron dos adolescentes repartiendo golosinas; comprensivos, hicieron en silencio su trabajo pero rompieron el climax del cuento. "Uy, me perdí. ¿Qué estaba pensando Pedro mientras tomaba la leche?". Santi comenzó a querer dar de comer pedacitos de chocolate a Lucas. De repente Jorge y Santi decidieron cambiarse de lugar en el banco, ¡con la única dificultad de que la sonda quedaba en medio! Los mayores presentes se rieron muchísimo. Al fin: "Colorín colorado, ¡este cuento se ha terminado! ¡Aplausos por favor!". Lucas dejó el escenario dignamente, pero yo quedé hecha polvo. Claudia continuó con el siguiente cuento, y después Analía y Lucio.

Cuando terminamos pedí un aplauso para los titiriteros de este año, y no pude evitar emocionarme un poquito cuando vi en mis alumnos el gesto del artista al saludar.

Antes de irnos preguntamos a una de las enfermeras por Naír. Hace poco estuvo internada un día para control y volvió a su casa. Ahora la cuida una tía suya; espero que esto sea porque su padre haya conseguido trabajo.

16.12.06

El óbolo del viudo

Esta mañana me senté en la catedral en un banco cualquiera, para Misa de 8. Justo detrás de un señor quizás mayor. Llevaba el pelo un poquito revuelto, con unas marcas del sombrero. El sombrero estaba a un lado, caído (un rato después pude ver que el interior del sombrero estaba protegido por un trozo de periódico). Con traje de color claro e indefinido y ornado con manchas antiguas y recientes, grande en relación al tamañito del señor en largo de mangas y ancho de hombros. Delante del reclinatorio había una bolsa de mercado. Ya había comenzado la Misa cuando sacó de la bolsa grande una bolsita, y de ella dos santitos de yeso pintado, con mucha pátina del tiempo y rayones. Los santitos fueron puestos sobre el banco, para que oyeran también la Misa. Del bolsillo izquierdo, que yo podía ver, salió una tela retorcida que reconocí como pañuelo de hombre. Cumplió alternativamente distintos cometidos: en la mano derecha fue mouchoir, inmediatamente con la izquierda sirvió para enjugar la frente; un rato después las dos manos lo pusieron en la madera del reclinatorio para proteger las rodillas, y volvió a ser mouchoir, y al bolsillo. Musitando cosas ininteligibles, el señor iba siguiendo los ritmos de la Misa. A la hora de dar la paz, por ejemplo, se volvió a mí y me ofreció su mano tímida y húmeda. Por la forma de la mano no pude dejar de imaginármela acariciando la tierra. Terminó la Misa, me distraje y lo perdí. Pero allí estaba, como era lógico: delante de la Virgen del Milagro, diciendo palabritas en silencio. Con el gesto inimitable y repetido por los siglos, sacó del otro bolsillo una monedita que fue a la hucha, produciendo un leve ruido en la basílica y mucho revoltear de las palomas y gorriones de la plaza.

15.12.06

Mientras tanto

Mientras tanto, lucerito del alba, ensayaré mi canción preferida para las bienvenidas y tejeré dos coronas de jazmín.

13.12.06

Algunas visitas matutinas

Mi escritorio de la mañana está junto al de Eva, que se encarga de las becas para alumnos de educación intercultural bilingüe, es decir, alumnos de Salta que son aborígenes. Me ha pasado varias veces que al atenderle el teléfono o hacer pasar a una persona que viene a verla resulta que he estado tratando con un cacique que me concede el honor de tratarme de vos.
La gente busca a Eva todo el rato. Ella habla poco, pero a veces, con una sonrisa cómplice y papeles, siempre papeles en las manos, se detiene y me cuenta algo.
Por ejemplo, que en Salta se habla más de diez lenguas, y que según las zonas el español es la primera o la segunda lengua de los niños.
Que los niños de Colanzulí que han ganado el premio nacional de la Feria de Ciencias e irán a Estados Unidos a contar su proyecto en realidad no están preocupados por el avión sino porque no estarán con su comunidad justo en la época de la cosecha.
Que el señor tan elegante que estuvo hace un rato en la oficina salió por la madrugada de El Porongal, rodeó la montaña en burro y tomó dos vehículos para llegar aquí.
Y más cosas.

7.12.06

Una de la Hepburn

No sabes cómo me costó elegir una sola foto de Audrey. Espero que ésta te guste, como a mí.