26.12.06

Ultima función 2006

Claudia, después de que le diera la calificación de su examen de Psicología del Desarrollo, me abordó: "Profesora, ¿se acuerda que algunos voluntarios queríamos ir al Hospital por Navidad?". Lo prometido es deuda, pensé; y fuimos.

El Hospital estaba con muchos niños internados. Hicimos el aviso de la función del cuentacuentos pasando por las salas ya con los títeres: ¡y apareció Jorge, que ya nos conocía! Corrió torpemente y abrazó con fuerza a Lucas (yo ya estoy acostumbrada a estos abrazos que algunos pequeñitos dan al muñeco). Jorge tiene nueve años, casi no habla y tiene alguna forma de retraso mental.

El comedor, que habíamos venido ocupando las veces anteriores, está a punto de ser convertido en habitación múltiple. Instalamos entonces nuestro invisible teatrillo en medio de las camas de un pabellón grande: sillas para la platea sacadas de aquí y de allí, y un banco amplio delante para los titiriteros como escenario. Una niña con cáncer, tímida pero sonriendo, me cuidó el títere durante los preparativos.

Al son de la flauta llegó el público. Santi, de tres años, entró diciendo en alta voz: "¡Aquí vengo yo!", seguido por su madre que llevaba el mástil de la sonda. Más chicos y más padres, y, detrás, Jorge.

Todas las funciones del cuentacuentos resultan distintas. En ésta el cuento más movido fue el de Pedro y el Lobo. Santi interrumpió sin cesar hasta que lo animamos a sentarse a mi lado. Jorge no quiso ser menos y se puso al otro costado. Lucas, el títere pelirrojo, iba contando el cuento cada vez a más altura para esquivar los besos de Jorge, que como no podía alcanzar al muñeco me abrazaba a mí de a ratos. Pero debía bajar de vez en cuando de sus alturas para contentar a Santi, que no dejaba de pedir: "Que me diga algo a mí...". Entraron dos adolescentes repartiendo golosinas; comprensivos, hicieron en silencio su trabajo pero rompieron el climax del cuento. "Uy, me perdí. ¿Qué estaba pensando Pedro mientras tomaba la leche?". Santi comenzó a querer dar de comer pedacitos de chocolate a Lucas. De repente Jorge y Santi decidieron cambiarse de lugar en el banco, ¡con la única dificultad de que la sonda quedaba en medio! Los mayores presentes se rieron muchísimo. Al fin: "Colorín colorado, ¡este cuento se ha terminado! ¡Aplausos por favor!". Lucas dejó el escenario dignamente, pero yo quedé hecha polvo. Claudia continuó con el siguiente cuento, y después Analía y Lucio.

Cuando terminamos pedí un aplauso para los titiriteros de este año, y no pude evitar emocionarme un poquito cuando vi en mis alumnos el gesto del artista al saludar.

Antes de irnos preguntamos a una de las enfermeras por Naír. Hace poco estuvo internada un día para control y volvió a su casa. Ahora la cuida una tía suya; espero que esto sea porque su padre haya conseguido trabajo.

16.12.06

El óbolo del viudo

Esta mañana me senté en la catedral en un banco cualquiera, para Misa de 8. Justo detrás de un señor quizás mayor. Llevaba el pelo un poquito revuelto, con unas marcas del sombrero. El sombrero estaba a un lado, caído (un rato después pude ver que el interior del sombrero estaba protegido por un trozo de periódico). Con traje de color claro e indefinido y ornado con manchas antiguas y recientes, grande en relación al tamañito del señor en largo de mangas y ancho de hombros. Delante del reclinatorio había una bolsa de mercado. Ya había comenzado la Misa cuando sacó de la bolsa grande una bolsita, y de ella dos santitos de yeso pintado, con mucha pátina del tiempo y rayones. Los santitos fueron puestos sobre el banco, para que oyeran también la Misa. Del bolsillo izquierdo, que yo podía ver, salió una tela retorcida que reconocí como pañuelo de hombre. Cumplió alternativamente distintos cometidos: en la mano derecha fue mouchoir, inmediatamente con la izquierda sirvió para enjugar la frente; un rato después las dos manos lo pusieron en la madera del reclinatorio para proteger las rodillas, y volvió a ser mouchoir, y al bolsillo. Musitando cosas ininteligibles, el señor iba siguiendo los ritmos de la Misa. A la hora de dar la paz, por ejemplo, se volvió a mí y me ofreció su mano tímida y húmeda. Por la forma de la mano no pude dejar de imaginármela acariciando la tierra. Terminó la Misa, me distraje y lo perdí. Pero allí estaba, como era lógico: delante de la Virgen del Milagro, diciendo palabritas en silencio. Con el gesto inimitable y repetido por los siglos, sacó del otro bolsillo una monedita que fue a la hucha, produciendo un leve ruido en la basílica y mucho revoltear de las palomas y gorriones de la plaza.

15.12.06

Mientras tanto

Mientras tanto, lucerito del alba, ensayaré mi canción preferida para las bienvenidas y tejeré dos coronas de jazmín.

13.12.06

Algunas visitas matutinas

Mi escritorio de la mañana está junto al de Eva, que se encarga de las becas para alumnos de educación intercultural bilingüe, es decir, alumnos de Salta que son aborígenes. Me ha pasado varias veces que al atenderle el teléfono o hacer pasar a una persona que viene a verla resulta que he estado tratando con un cacique que me concede el honor de tratarme de vos.
La gente busca a Eva todo el rato. Ella habla poco, pero a veces, con una sonrisa cómplice y papeles, siempre papeles en las manos, se detiene y me cuenta algo.
Por ejemplo, que en Salta se habla más de diez lenguas, y que según las zonas el español es la primera o la segunda lengua de los niños.
Que los niños de Colanzulí que han ganado el premio nacional de la Feria de Ciencias e irán a Estados Unidos a contar su proyecto en realidad no están preocupados por el avión sino porque no estarán con su comunidad justo en la época de la cosecha.
Que el señor tan elegante que estuvo hace un rato en la oficina salió por la madrugada de El Porongal, rodeó la montaña en burro y tomó dos vehículos para llegar aquí.
Y más cosas.

7.12.06

Una de la Hepburn

No sabes cómo me costó elegir una sola foto de Audrey. Espero que ésta te guste, como a mí.

20.11.06

29.10.06

Una semana

Han cortado la bella flor y el retoñito, sin despedidas. Debe ser fiesta, dice la hierba húmeda.

28.10.06

El cuentacuentos de María José

Ya iba terminando el cuentacuentos en el hospital de niños. Lucas, el títere pelirrojo, se despedía de los primeros chicos que salían, cuando María José se sentó a mi lado y comenzó a hablar, en su lengua indescifrable, con el títere y conmigo. La miré y sólo vi los ojos transparentes, los ojos con capas de lentes invisibles que sólo tienen los niños Down. Sonreimos y Lucas la miró fijamente. Ella tomó mi mano, y se envolvió en el Lucas, y yo me retiré. Justo en el momento en el que hacíamos el traspaso del títere gritó una alegría incontenible y puso a Lucas en alto, y me abrazó fuertemente con su brazo libre. Lucas bajó a la altura de los ojos de María José y María José me desasió. Apasionadamente comenzó a contar un largo cuento. Aparecieron montañas, chicos de colores, un sol grande, agua fresca. Una mamá y un papá, y una niña amada. Con el cuerpo en emoción y el alma en cada sonido, Lucas fue pasando por todos los registros. Todo el escenario había quedado en vilo ya desde que María José comenzó su actuación y así seguimos; nadie la había visto antes allí detrás y nadie la miraba, porque parecía que ella no veía los títeres jugar… Pero ahora María José es Lucas, es Constanza, es el pato que se ríe, es María Pía, es los toboganes y las hormigas voladoras. Repitió todos los movimientos del cuentacuentos, dijo cada palabra, comió las narices de los niños, repartió besos, cantó. Yo le soplé: “Que diga ¡No!”, y moví la cabeza ampliamente, moviendo mucho el pelo. Ella me miró y Lucas dijo un ¡No! tímido con la cabeza. Su cuento comenzó a decir que ¡No! y más cosas. Probamos de nuevo, con el ¡Sí!, y se mezclaron los ¡No! y los ¡Sí! en el cuento cuando yo le sugerí. María José cambió de mano el títere y siguió manejándolo con igual destreza. Seguimos con el cuento, no sé qué página del cuento, pero había que irse ya. Me puse de pie y pedí, mirando de reojo a las otras titiriteras: “Lucas, hay que dormir. Los títeres tienen que dormir. Vengan, el señor Pelín, María Pía, Jacinto, Lucas. Por favor”. Todos a la bolsa, y un beso, María José ya se va… ¡Pero vuelve justo justo cuando los títeres han dejado lugar al aparato de música en la bolsa, y están a la vista! Inmediatamente Lucas vuelve a las andadas, y María José comienza el cuento. Sólo estamos las voluntarias -que todas a una han vuelto a sus títeres mudos-, las alumnas que fueron a observar el cuentacuentos, María José, Lucas y yo. El cuento es largo como la vida, pero hay que irse. ¡Sht! Me pongo muy imperativa. “¡Hay que dormir!”. La voz se hace un susurro, para que sólo oiga María José y adivinen las demás: “Sht, a la bolsa, a la bolsa, que los títeres están muy cansados… Por favor, que están muy cansados…”. El señor Pelín, María Pía y Jacinto, dando el ejemplo, se meten en la bolsa. Falta Lucas. María José se pone un dedo sobre los labios: ¡Sht!, me dice. Se saca el títere de guante y lo pone en la bolsa. Pero Lucas, que es un niño sin sueño que no quiere dormir, se levanta y hace historia: María José lo toma por fuera como un muñeco y lo mueve como se mueve un niño travieso. “Sht, Lucas está cansado y tiene que dormir. Ahora hay que cerrar la bolsa…”. María José me vuelve a decir “¡Sht!” y cierra la cremallera grande, y la pequeña, con cuidado. Me da un beso y se va en puntitas de pie.

(Para las dos Adelas)

9.10.06

Éclore



Le duende* des roses
est habillé en blanche robe.
Sortant sous ma fenêtre
au clair de la lune
(au printemps, chaque nuit),
il chante les vieilles
chansons des duendes.
Les roses se réveillent!
Éclatent sans bruit!
Sourient aux étoiles.
Baisers à la brise,
qui passe et qui rit.
Et près du premier
rayon du soleil,
le duende des roses,
toujours en chantant,
s’enchante lui même
et se met sous ma fenêtre.
Une autre fois, une autre fois.

* Nain qui habite à Salta

(Je remercie Élodie: elle m’a conseillé)

7.10.06

Un No-Cumpleaños con dedicatoria

Para Luna, por si vuelve a pasar por aquí.

Hoy tenía necesidad de hacer algo nuevo, así que pedí una receta para probarla, y salió muy bien... Ahora se está enfriando, y me da el tiempo justo de esperar gente en casa a tomar el té y pasarte la receta, que es buenísima. ¡A ver si te animas a probar también!

(No sé si está bien visto que un blog tenga estas cosas, pero no me importa)

Rosca de mandarinas
Licuar 2 mandarinas sin semillas, 1 y 1/2 taza de azúcar, 1 taza de aceite neutro y 2 huevos. Pasar a bol y agregar 3 tazas de harina leudante (si estás en España tendrás que poner levadura en polvo, supongo...). Colocar en molde enharinado y enmantecado a horno moderado.

Almibarado cítrico
Cortar la cáscara de una mandarina en juliana fina (tiras muy finitas). Colocar en una cacerola 2 tazas de azúcar, 2 y 1/2 taza de azúcar, jugo de una mandarina y la cáscara que cortaste; poner a hervir sin que tome punto espeso. Dejar enfriar. Con esta preparación bañar la rosca de mandarina recién sacada del horno.

Truquitos inventados
Me resultó bien hacer la preparación del almíbar y ponerla a cocer antes de seguir con la masa. Y cortar la rosca recién hecha, distribuir los trozos en una linda fuente y bañar muchísimo. La receta da para 16 trozos generosos.

30.9.06

Misterios de la Puna

Seis hombres pequeñitos halan de la vía del tren, con cadenas, a la cuenta de tres. ¡Ahora!, muchas veces. Enderezan los dos perfiles de hierro forjando al sol. Ahora han sacado los tornillos del carril, doblados como muñones pero aún enteros. Hay que unir las partes de la vía. Dos hombres se disponen a usar largas mazas para enderezar los tornillos, rodeados por el silencio de los demás. A ver, a ver, quién le contesta al canadiense, que no puede dejar de mirar con la boca abierta, y ha logrado articular en español: “¿Por qué no ponen tornillos nuevos?”

Il pleura

Naír tiene leucemia.

17.9.06

Naír

Naír tiene cuatro años y un sombrerito tejido color gris con una flor. Está internada en el Hospital de Niños de Salta y su papá, un señor flaco con rostro triste, la cuida. Él la trajo a la sala de juegos cuando Lucas, mi títere pelirrojo, ya había comenzado a contar su cuento. Naír venía con la sonda puesta y se sentó en la última fila. Cada vez más en la punta de la silla, no sacaba los ojos, muy abiertos, de Lucas; y Lucas contó sólo para ella varias partes del cuento. En medio del cuentacuentos su papá se la llevó y nos dio pena..., ¡pero Naír volvió, ya sin la sonda! Jugó y jugó después del cuentacuentos. Fue la primera en aparecer, cuando Lucas empezó a saludar en la puerta a los chiquitos que salían, como es su costumbre, con un besito cariñoso. No se sabe cómo, pero Naír aparecía otra vez, detrás del próximo chico que saludaba Lucas, y el beso de Naír se hacía más fuerte. La cuarta vez lo abrazó un ratito y salió saltando. Fue la última en irse.

2.9.06

Cumpleaños express

Si tuviera que hacer mil veces una torta para el cumpleaños de Albuki la haría siempre con esta receta, que sólo sale bien en argeñol:

Sonría fuerte y póngase la bata. Prenda el horno y corra a atender el teléfono. Al regresar saque de la despensa harina*, azúcar, polvo de vainilla, huevos, polvo para hornear (levadura en polvo Royal). Enmanteque y enharine el molde. Separe cuidadosamente 10 claras de las yemas y póngalas a batir. Mida y coloque en un bol 12 cucharadas de harina con el polvo de vainilla (cantidad necesaria), y en otro 14 cucharadas de azúcar y 2 cucharaditas de levadura. Tamice la harina y tire los grumos. Agregue lentamente el azúcar a las claras y deje batiendo. Vaya a poner el e-mail con el archivo que estuvo preparando por la tarde. Al pasar por el comedor fíjese si han puesto bien la mesa. Agregue las 10 yemas a batir. Puede darle el tiempo justo para mirar lo bonita que está la noche. Apague la batidora y saque la espátula grande. Agregue la harina en forma de lluvia y una la preparación con movimientos envolventes. Rápidamente vierta en el molde y meta al horno.
Cámbiese de ropa, vaya a saludar a las visitas y de paso calcular cuánta gente hay.
Ponga a batir un merengue firme de 4 claras. Saque el bizcochuelo del horno, desmolde con cuidado y pártalo por la mitad para que se enfríe más rápido. Mida 200 g de azúcar y agréguelo las claras a nieve; deje batir un poco más. Saque la mermelada de fresa** y ablándela con la cuchara, distribuya una fina capa en la superficie interior del bizcochuelo y tape. Compruebe que el merengue está listo y guarde un poco para hacer a último momento un postre de dieta. Aunque la decoración de las tortas este año se lleve sencilla, recuerde que el cumpleaños es de una pequeña: extienda una generosa capa de merengue con la espátula; con una manga con chocolate y otra con fresa líquida dibuje una flor. Cerca de la torta deje velas y cerillas para que se lleven todo junto. Ponga en remojo el batidor y el bol del merengue para que le resulte fácil lavar luego.

* Si está en España use harina para repostería y agregue levadura según se explica; si está en la Argentina use harina leudante.
** Si está en la Argentina, como es natural, pondrá dulce de leche.

5.8.06

Los globos voladores

A Cándida, la hormiga del Parque Infantil, siempre le andaba en la cabeza esta pregunta: ¿Adónde iban los globos que se soltaban de las manos de los chicos?

Un día hubo un gran festejo en el Parque y, como final, se anunció una suelta general de globos. Cándida decidió subirse a uno de ellos para averiguar por ella misma el secreto de los globos voladores.

Le costó algo de trabajo ascender por la pierna de uno de los chicos, escalar por su cuerpo, trepar por el hilo; pero al fin llegó arriba de un globo verde.

Los globos fueron soltados y Cándida se bamboleó un poco en el suyo, pero enseguida aprendió a mantenerse. ¡Qué cosa increíble era volar en medio de una manada de globos!

Un globo amarillo iba primero y dos globos rojos comenzaban a retrasarse. Menos mal que Cándida no había subido a ninguno de esos dos.

La tarde era soleada, con pocas nubes, y el aire se sentía limpio y fresco. Los globos subían y subían, y ya la Tierra comenzaba a verse como una pelota de fútbol.

Cándida comenzó a tener un poco de miedo. Había pasado la zona de las nubes y no lograba ver a los otros globos, aunque suponía que seguirían volando sin alejarse demasiado entre sí.

¿Hasta dónde sería este viaje inacabable? ¿Cuál sería el destino de su globo verde? El silencio era total, nada se oía, ni siquiera soplar el viento. Cándida comenzó a pensar en su hormiguero, en todas las cosas que había dejado…

Pero en eso oyó hablar a alguien con palabras potentes y claras. ¿Qué decía? Prestó atención y escuchó que el Sol le gritaba a la Luna, con su gran vozarrón de fuego:

- ¡Querida, querida…! ¡Prepará la mesa que ya llegan los chicos!


(Hasta ahora no había copiado nada pero esto es irresistible. Es de Oche Califa)

Julio madrileño

las nieves de polen ventilan los caminos
las navidades aparecen en los suburbios
y el ocaso enciende al rojo las cocinas
y recrudece en las noches de arena

20.7.06

Quién sabe

El pelo ha crecido quince días y se ha alisado y ondulado. El alma, quién sabe.

29.6.06

Ayer

(Te iba a decir esto ayer, pero me adivinaste. Ahora, gracias)

Regálame una maceta de ésas que tienes, o dos, o mil. Porque tengo una planta que se seca al sol. Y otra que no sé si está muriendo, abrumada o aburrida. Y una más, que sueña que es bosque con flores y nidos. Y la linda, que ha dado tantas semillas este año. Y tengo más. Por favor.
Y si me dieras una hoja en blanco, te la agradeceré también. Haré un libro para ti: con gorriones, gente de colores, hornadas de pan, tierras ignotas o inventadas, música hecha de palabras, y reconocerás tu sonrisa.
Ya me darás, cuando menos lo espere, dónde poner tanta cosa guardada, y harás que se expanda el paraíso.

16.6.06

Sopa Gloria

- Agua, cantidad necesaria para una persona
- Maíz blanco de lata, tres cucharadas colmadas
- Un huevo poché bastante firme
- Una cucharada de fideos para sopa
- Nuez moscada recién rallada y sal fina
- Mantequilla, media cucharadita
- Hojas de perejil

Hacer el huevo poché y poner el agua de la sopa a calentar. Cuando está hirviendo agregar el maíz, el huevo (con la clara cortada en trozos chicos) y luego los fideos. (Yo me demoré entre los ingredientes porque iba haciendo otra cosa al mismo tiempo). La cocción de los fideos es lo que determina cuánto debe hervir. Mientras, rallarle nuez moscada y salar. (Pide bastante sal, quizás porque el maíz es dulce. Tener cuidado). Al apagar el fuego agregar la mantequilla y mover suavemente la sopa. Servir en cazuela de barro, bien caliente. Decorar con hojas de perejil.

30.5.06

Esperanza

En un puerto lejano tengo un amigo que está preparando la fiesta de bienvenida.

19.5.06

me conocí

me conocí en la entraña de tus ojos
y ya sólo quisiera
verme en tu presencia

13.5.06

Recreo corto

Timbrazo. Te quemaste la garganta al apurar el cafecito mientras tomabas la cartera para ir a 3º C.

15.4.06

Concluye la vasija derecha

Ahora bien, he ido regando las flores del camino los días de este tiempo. El agua del río se mezclaba con las lágrimas de la noche. Las flores que han crecido alegraron a mi dueño: porque no eran flores silvestres sino que las sembró el aguatero y las regué yo, acompasadamente, por las rendijas de mi debilidad, al ritmo del caminar del aguatero. Claro que lo que yo veía era mi menguado rendimiento como vasija de agua todo este tiempo. Y mis roturas, al lado de la tersa plenitud de mi compañera de viaje, esbelta y segura. Yo no sabía nada de esas flores, y por eso me sentía culpable e inútil por ser como soy, una vasija cada vez más rota. Cómo me conocía y cómo se valió de mí el discreto aguatero. Qué alegría. Qué alegría que también la sal de las lágrimas haya servido a mi dueño.

22.3.06

Entre Escilla y Caribdis

Se dio a la mar, su continente.
Lo acecharon las olas bravas
y los susurrantes remolinos.
Pero
sintió latir las manos y los labios
cuando puso rumbo a las estrellas.

(Para Laura)

5.3.06

Esperó

La necesidad era esplendorosa. Disfrazó su impaciencia y se hizo verde y cobriza y se escondió en el cerro. Esperó. Cuando la tarde era más gris salió bailando, y atrajo al sol detrás de sí.

25.2.06

La canción de Pilar

Oh. ¡Oh!
Silencio y lento movimiento de manos. Pilar mueve y se mira las manos. Miradas a la cara, correspondidas. Sonrisas correspondidas. Pilar se ríe amplia y sonoramente.
¡Oh!
Gorjeo y movimiento general. Comienzo brusco de un llanto de molestia por el calor. Canto suave; Pilar se calla y mueve las manos lentamente, sin dejar de mirar a la cara.
You’re beautiful
You’re beautiful
You’re beautiful
It’s true
Repeticiones. Pilar se duerme.

(Pilar, 9 meses)

7.2.06

blanco

ayer he visto el tren de los cartoneros

un destino oxidado
con rejas de lata sin defensas ni vidrios ni luz ni asientos
cruzando velozmente la avenida de la indiferencia y el llanto
a escupitajos

hacia el mas allá

26.1.06

La ventana derecha

La ventana derecha
tiene el tamaño exacto
del cielo de la sierra
de los ecos de voces
del verano
de un pascuero hipnotizado
de los aires que huelen a polen
de Eric Satie y de Uccellini saliendo a ver qué pasa
de risas por nada
del silencio en la humareda
de la luz que atardece
de pilas de libros recortados
de un árbol con nido y otro con flor
de mi alma

(Para Silvia y Ruth)

15.1.06

Música en el Metro

Dos solistas y gran orquesta. Profesionalidad en automático. Ropa de escenario al despuntar el día. Haydn. Nadie aplaude. La gente tiene las manos llenas de paraguas, bolsos, periódicos. Sonrisa de escenario. Y ahora, Brahms.

Un hombre mayor. Con partitura, afanoso. El clarinete, haciendo de solista en una pieza para violín y orquesta. Justo yerra en la entrada de su parte. A cualquiera le pasa. En la orquesta, cualquiera se equivoca.

La escalera va subiendo la intensidad de la dulzura. Lentas notas en buen francés. Al voltear la esquina está Yves Montand cantando al oído de una mujer pálida.

Chillones acordes y una voz intempestiva. La gente que leía levanta la vista, incapaz de concentrarse. En la próxima estación continuaremos con esta página. Pero si miras, a que pones en la gorra… Sólo mira esa señora de sonrisa azul.

Alegría brasileña. ¡Los genes del baile se despiertan! Risa, risa floja. Pasan dos atardeceres iluminados con velas y colorines de fiesta en la playa hasta el andén.

Una flauta de pastor. Sola. Como un niño loco jugando a tejer el aire, un hombre flaco va sacando hileras de notas cálidas de la madera, las hace vibrar y girar, torcerse, desaparecer de un soplido. En medio del estruendo de la gente que pasa, también loca.

Es de noche afuera, pero el día reluce sin fin en el escenario. No hay hora de la comida.

11.1.06

Fuerzas ocultas

El tiempo se ha detenido junto con el movimiento del tren. Delante del Primo y de los demás hombres del pueblo la física de las palancas se confunde con las leyendas de las fuerzas. Las palancas hacen mudas prácticas de magia. ¡La locomotora se mueve! Arriba, atrás. Sobre la mano de ese hombre. Para no conjurar el hechizo, los hombres aplauden, sentados en muda hilera, abriendo los ojos y las bocas. Las mujeres huyen despavoridas.

8.1.06

El mercado negro

Oh cuántos hay, y estarán hasta la tarde, o más. Rapidito, traé la mesa, que yo me quedo aquí. Saca la mesa y también el mantel. Aquí, al lado de doña Candi. Estos hombres dónde estarán. ¿Al otro lado del tren? Ya. Ya están casi todas las vecinas, ay. A ver, qué tenemos. El sikuri del Abuelo. Mi mortero. Qué más. Qué les gustará a estos gringos… El gorro de lana del Primo está muy usado y eso les gusta, pero no lo querrán. Tenemos la llama. Nadie ha puesto eso. Vení, chica, escribe en español: “Asado de llama”.

Conciencia

Que esta gente del pueblo tan buena haya descarrilado… ¿El alcohol? ¿Y los del tren, tan apresuradamente para irse en los camiones, en esa movilidad tan increíble? Una foto, para que me crean. ¿Cómo caben? ¿Qué hacen con los aguayos? ¿Y con los niños? ¿Sin agua? Claro, sólo unos gringos se creerían que el ferrocarril mandará ayuda… Que la gente puede cortar los caminos en unas horas. Claro, el alcohol. ¿Que este pueblo se convertirá en un pueblo fantasma ahora que el tren no para más aquí?